Barcelona sobre ruedas

Un domingo de sol. Una chica flota sobre ruedas. La brisa acaricia su rostro y mueve su cabello rubio mientras los audífonos susurran una canción. Esquiva a una familia, pasa frente a un grupo de amigos, y sonríe a una pareja de turistas que brinca para abrirle paso. Parece no hacer esfuerzo. Su balanceo la impulsa al frente, y un leve movimiento la hace girar a voluntad. Patina, como otros, en el malecón frente a las playas de Barcelona.

Lo que esta patinadora vive en su trayecto de la Barceloneta a la Villa Olímpica es ejemplo de lo que tanto valoran quienes practican el deporte: libertad. Pareciera que los patines equivalen a las alas en los pies de Mercurio. Moverse por donde uno quiera, rápidamente. Además, Barcelona es una ciudad privilegiada en infraestructura y clima para patinar. El asfalto está bien y hay amplias ramblas por donde se puede patinar sin problemas. ¿Por qué entonces son tan pocos los turistas patinadores?

En esta ciudad, como en muchas otras, los patinadores se encuentran en un vacío legal que sólo los reconoce como peatones. Como tales deberían circular por las aceras a una velocidad máxima de seis kilómetros por hora, cuando en realidad alcanzan los 20 y en muchos casos circulan por la calle.

"Hay mucha tolerancia", dice Miguel, agente de la guardia urbana, quien no da mucha importancia al tema. Y es cierto. Casi nunca hay problemas. Pero tolerancia no es lo mismo que reconocimiento.

"Hoy podemos usar las ciclovías y nos respetan los conductores de los autos", dice Mercedes, vocal de la Asociación de Patinadores de Barcelona (APB). "Hemos recaudado firmas con otras agrupaciones y esto ya es una realidad."

Y es que Barcelona es un polo de atracción para patinadores de todo el mundo. Agencias de viajes promueven el deporte como uno de los atractivos de la ciudad, y hay tiendas donde rentar patines y protecciones.

También se ofrecen clases gratuitas y recorridos nocturnos para principiantes, así como rutas más largas para los más diestros. Los viernes por la noche, unas 200 personas se reúnen a través de la APB para andar sobre ruedas por las calles; los martes y los jueves, unos 20 o 30 patinadores experimentados hacen recorridos más largos, y a veces incluso salen de la ciudad. Además hay rutas los domingos al mediodía, para aprovechar la ausencia de tráfico.

Aun así son pocos los viajeros que saben de esta asociación, ideal para patinar por las calles de Barcelona y conocer esta ciudad desde otro ángulo, lo que resulta histórico, pues fue en esta ciudad donde comenzó la moda de los patines en línea.

Parece sencillo al ver a dos patinadores deslizarse por el pavimento casi sin esfuerzo o cuando un adolescente da vueltas, regresa, acelera, frena... o cuando hay quienes van hipnotizados escuchando música, concentrados en su recorrido. Pero patinar bien no es fácil. No es extraño ver a quien recién cayó sin protecciones y sufre por el raspón que luce su codo.

Carles Bial, quien practica profesionalmente patinaje de velocidad y jockey, insiste en la necesidad de que quien desee patinar tome algún tipo de instrucción. "Si hay algún accidente, quedamos mal todos los patinadores”. Por eso enfoca sus esfuerzos en Inline, la escuela que fundaron él y Toni Pla, su socia, única reconocida oficialmente por las federaciones Española y Catalana de Patinaje.

"Me compré unos patines y me fui a trabajar con ellos. Cuando iba en una pendiente, me di cuenta de que no sabía frenar", comenta Montse sobre cómo fue que decidió buscar ayuda para aprender. Ahora sale a las rutas de los jueves.

Un caso similar es el de Carmen, una mexicana quien a sus 32 años de edad no había usado los patines que le regalaron hace tres años, y ella aprendió en sus vacaciones por estas tierras, durante un curso de fin de semana. "Parece difícil aprender, pero me gusta. El instructor me pidió paciencia, y sí que se necesita." Antes de comenzar su sesión, observa la clase para menores, y dice en voz alta: "A los niños no les pesa caerse, y los adultos somos más miedosos.”

En Barcelona hay otros lugares donde aprender, como en Icária Esports o la APB, que imparte clases gratuitas a sus socios, y la primera sin costo para los no miembros. Algunas tiendas incluso ofrecen una sesión de práctica en la compra de un par de patines.

Los viernes por la noche tienen una cita los patinadores novatos de Barcelona, los turistas y aquellos a quienes les gustan los recorridos tranquilos. A las 22:30 horas se reúnen frente a un bar en el malecón de la Villa Olímpica. Los primeros en arribar al lugar casi siempre son los integrantes de la APB. Llegan cargados de chalecos reflejantes amarillos para los "stoppers" (responsables de cerrar las calles y mantener al grupo unido), y dos naranjas (uno para el guía que va al frente, y otro para el último). Esta manera de organizar al grupo es el convenio al que llegó la asociación con la guardia urbana para que les permitiera cerrar las calles.

Hay a quienes no les gustan las rutas preestablecidas, como son las de los viernes, porque coartan la libertad a la que aspiran los patinadores. Por eso existen rutas alternas para los más experimentados. No cuentan ni con seguro ni con acuerdos con las autoridades, pero eso las hace más emocionantes para quienes las practican.

Resulta curioso que la libertad a la que aspiran los patinadores se disfrute más en grupo que individualmente. El mejor ejemplo son las salidas de los jueves. A las 22:30 en Plaza Cataluña, uno a uno, o de par en par, se suman 20 o 30 patinadores. Conversan, acuerdan más o menos el recorrido (que puede cambiar durante el trayecto) y salen. Les esperan al menos tres horas sobre ruedas, de sentir que las calles son suyas, de ver pasar la ciudad en cámara rápida. Libertad. Y al final del recorrido, el mismo bar. Una cerveza como trofeo. Nada mal. Hacer nuevos amigos, oriundos de Barcelona, mejor.

Texto: Raúl Acosta; Fotos: Iván Victorio