Cancún: Aventuras, amigos y sorpresas del diario de una viajera

Por: dM.

Soy una programadora que vive en Texas, originaria de Pachuca. Solía ser muy conservadora y de mente cerrada hasta que la vida, amigos y mis viajes me hicieron tragarme mis palabras.

Por alguna razón tomo Cancún como mi primer viaje de adulto. No sé por qué, pues he viajado sola desde que tenía 10 años. Pero este vuelo lo reservé en cinco minutos. ¿Alguna vez han hecho eso? ¿Buscar platónicamente vuelos para ver cuánto les saldría largarse en dos semanas al paraíso? ¿Y una vez que estás buscando vuelos ves que tu paquete te saldría en un tercio de lo que estabas pensando y pum lo compras? Bueno, este fue mi primer vuelo que así sucedió. Cinco minutos después de una búsqueda, tenía un viaje para dentro de dos semanas – por lo regular no paso de la segunda pregunta.

¿Necesitan más contexto de cómo sucedió eso? Estaba tomando mi descanso en el trabajo hablando con una amiga que vivía temporalmente en Cancún. Hablaba con mi amiga, Petronila, de irla a ver - cabe mencionar que este mismo día acababa de llegar de México-. Tenía las páginas de vuelos y calendarios enfrente de mi cuando me entra una llamada de un amigo, Camilo.

- Hey te invito a Cancún, pon tu boleto y yo pongo el hotel.

- Yo: ¿Es neta? Porque literal tengo enfrente vuelos a Cancún para estas fechas.

- Si, esas son las fechas que tengo planeadas.

- Yo: Okay. Lo compro.

Este también ha sido mi primer viaje donde llevo un presupuesto corto, pues estaba esperando mi permiso de trabajo en Estados Unidos y por lo tanto no ganaba  dinero. Pero confié en mis amigos y dije “es Cancún.” Soy una de las personas que piensa que cuando se te ofrece una oportunidad, la debes tomar. No importa si estás cansado o si tenías planeado hacer lo mismo en tres meses.

Así llegó el día del vuelo, un viernes, conocí los rumbos de mi amiga y vi el proyecto de su trabajo. Cenamos y regresamos a la zona hotelera. Otro amigo mío, Bonifacio, coincidió que estaba en Cancún. Fuimos todos por unas cervezas y después cada quien para su respectivo hotel.

Al otro día, en el desayuno, tomé uno de los jugos verdes más deliciosos que jamás haya bebido. Jalamos para la playa, los colores me mataron. ¡Que azul tan más vivo! Nos fuimos al famoso Mercado 28 y comimos en unos de los mejores lugares que Cancún puede ofrecer: en paseo Xel-Há, justo enfrente de Mercado 28, encontrarás el restaurante Emara. Este restaurante es un lugar muy sencillo, lo cual me encanta porque me gusta viajar ligera y me da mucha flojera que los lugares tengan códigos de vestimenta. En fin, es un restaurante con dos locales, muy sencillo, los meseros son súper amables, los precios son muy accesibles, y la comida es increíble. Me ofrecieron una agua fresca de color verde, nos explicaron que está hecha con un ingrediente local. La probé y casi pedí toda una jarra de esta agua riquísima. La última página del menú contiene fotos de personajes Mexicanos famosos que han visitado este lugar.

Cuando viajo, intento preguntarle a todo el staff del hotel, menos a los de recepción, en qué lugar ellos comen más seguido. Cada sitio que visito

quiero verlo con los ojos de los locales, dónde comen, a dónde van los sábados, etc.

Después de andar conociendo el lado real de Cancún, regresamos al hotel y Camilo iba a cambiar la habitación. Nos dieron la nueva llave, subimos al piso, estamos acercándonos a la habitación “411, 412, oh 413, 15, 16... Mmm... ¿Qué habitación nos dieron? ¿417? Hmmm no la veo. Trece, catorce, quince ¡no! ¿es neta? ¡Mira!”.

Al fondo del pasillo, las tres puertas sin número eran la habitación 417.

“¿Nos dieron una suite? A ver intenta.” Y entonces la llave activa luz verde, mi amigo yo intercambiamos miradas de asombro: las puertas al cielo se abrieron. Entramos, a la derecha una sala con televisión, a la izquierda un comedor para diez personas. Un balcón con vista a la laguna, al lado opuesto otro con vista a la playa con jacuzzi al aire libre. Entramos a la recamara y en el baño un jacuzzi y una regadera para dos personas, bueno en realidad le cabían como cuatro. Mi amigo y yo no lo podíamos creer. Casi llorábamos.

Estas cosas pasan en “María la del barrio” o en un episodio de “La Rosa de Guadalupe,” no a dos turistas comunes de Texas. Esa noche decidimos no salir a la clásica zona hotelera ¡teníamos una suite! Así que invité a mis otros amigos y tuvimos una riquísima cena.

Al otro día, un tour a Isla Mujeres nos esperaba a las 8 de la mañana y en 6 horas hicimos todo lo que pudimos: kayak, comer, beber, alberca (para que se baje todo), snorkel, comer, beber, alberca, más beber... y más beber.

En mi turno de ir por la ronda de bebidas, me topé con un grupo de chavos en el bar y los invite a conocer mis otros amigos. ¿Para qué les cuento? ¡De la alberca no salimos! Risas, caídas, perdidas de GoPro, shots, fotos, etc. Es la hora de irnos, somos los últimos en la isla y el barco nos deja. Petronila, está perdida y los chavos que apenas conocí empezaron a ayudarme a buscarla.

Jamás esperé una acción tan amable de alguien que apenas conocí. Lo que yo me esperaba era que dijeran “Que flojera estar buscando un borracho. Pélate” Pero no, se quedaron, me ayudaron, nos fuimos al bote, bailamos y de aquí no recuerdo mucho. Omitiré una parte de mi viaje, pero me quede dos días varada en Cancún. Entonces mi último día me iba a quedar sola y en eso Camilo me recordó de los chavos de Monterrey que conocimos y les escribí.

Mi último día en Cancún es algo que me llevaré en mis recuerdos por tanto sentimiento encontrado. Me salí a correr por el boulevard hotelero. En mi punto de retorno, encontré un muelle. Me senté a recuperar mi aliento mientras disfrutaba la vista; es increíble como el sonido del agua relaja a cualquier persona. Regrese al hotel, cogí mi libro y una botella de vino y me dirigí a la playa. Me senté a leer mi libro tomando directamente de la botella de vino. Tomé una siesta con una de las vistas más tranquilas que uno puede desear. Se los juro que ese azul del mar con el contraste de la arena blanca, es una combinación de colores que te hace recordar que bello es este planeta.

Eran las 8 de la noche, me fui al hotel de mis amigos de Monterrey.

Fuimos a un show ahí en su hotel, regresamos a su recámara, me quedé dormida leyendo, y desperté cuando entraron con otro amigo. Al poco rato dos de ellos bajaron por bebidas y snacks para traerlas a la recámara. No recordaba la última vez que me carcajeaba tanto. Nos dieron las cuatro de la mañana y nosotros en pura platica y cotorreo cuando mi alarma empezó a sonar: era hora de alcanzar mi vuelo.

Me despido de ellos tratando de dar las formas más tangibles de apreciación. A la hora de salirme, unos de los nuevos amigos se va conmigo. Estamos saliendo y me dice que me esperara y le pregunté porque; pues resulta que en ese hotel si no tienes brazalete no estas permitido ahí dentro. Yo cuando llegué me pase como Juan por su casa. Bueno, entonces mi amigo me dice que nos tenemos que salir gateando. Yo me tenía que morder los labios para no botarme de la risa, ¿cuándo en mi vida me he tenido que escabullir de un lugar a gatas? Pasamos literalmente atrás del guardia, le podía apreciar el celular, el radio y la cartera en el bolsillo derecho.

En cuanto llegamos a la banqueta nos echamos a correr botados de la risa. Tomamos el transporte público y en cuanto me subo al autobús, un golpe de olor a alcohol golpea mi cara. El camión era otra fiesta andando; gente en el fondo traía una guitarra y el resto de los pasajeros iba cantando y bailando “La Macarena”.

A veces las cosas cambian de rumbo, pero queda en uno sacar algo de cada situación. En este caso hice tres amigos más que me recibieron cálidamente seis meses después en Monterrey.