Cuernavaca, siempre a flor de piel

Me declaro culpable, siempre había ido a Cuernavaca en viajes de amigos a encerrarme en una casa todo el fin de semana, pero la última vez que emprendí camino hacia allá, partí con la firme idea de conocer el destino. Sí, es la ciudad de la eterna primavera, y sí, tiene más que albercas y casas de descanso.

Poco más de una hora de camino separa a la Ciudad de México de la capital de Morelos, el lugar que no llega al medio millón de habitantes pero que ha sido escenario de una transición importante. Hace una década la mayoría de viajeros que llegaban a estas tierras eran jóvenes no tan interesados en conocer el destino, pero tras un esfuerzo por ofrecer más atracciones y una recuperación de espacios públicos, la mirada de los trotamundos ha volteado a observar este pequeño pero interesante oasis.

A lo largo de 51 hectáreas, estos paisajes florales se extienden como otra muestra irrefutable del clima privilegiado de la región. A pesar de que cada jardín es temático, todas las flores que conforman las áreas son endémicas, lo que realmente distingue el estilo de los espacios es el diseño y los elementos decorativos. Caminé maravillada entre estatuas italianas, una pagoda y cactáceas, pero en el trance multicolor no noté que unos pequeños migrantes se habían apoderado de mis piernas. Los jejenes, nombre con el que se conoce a estos diminutos mosquitos, son originarios de Guerrero y viajan hasta Morelos para hacer sus casas en los estancamientos de agua.

El resultado de mi estancia en los jardines fueron unas increíbles postales mentales y más de 30 piquetes de mosco. Como recomendación, además de llevar bloqueador, suficiente pila en la cámara o celular y ganas de caminar, es necesario cargar con repelente para evitar ser el buffet de los animalitos que no dudarán en atacar las pieles acaloradas.

Ciudad prehispánica, colonial y moderna

Ya de vuelta en la capital morelense partí hacia el Centro Histórico, es en estos recorridos a pie cuando agradeces que sea un lugar pequeño. No hay distancia que no puedas cubrir con algunos pasos de diferencia, el punto de partida esencial: El Palacio de Cortés. El nombre no deja mucho a la imaginación, esta edificación sirvió como la residencia y casa de descanso de Hernán Cortés, ahora, además de albergar un museo y proporcionar una increíble vista panorámica del destino, es el escenario ideal para las fotos de graduación, boda, quince años y demás.

Caminé entre togas y birretes hasta la entrada del palacio, los viajeros que documentan cada uno de sus pasos se decepcionarán al saber que casi ningún tipo de cámara está permitida dentro del recinto, por lo que apelar a la buena memoria y capacidad de asombro es una forma de guardar todos los objetos que adentro reposan. Pero es desde las alturas que te das cuenta de que la ciudad está plagada de ruinas arqueológicas, ahí eres consciente de la presencia de los tlahuicas antes de la conquista.

Con el sol ya casi oculto me dirigí a la Catedral de Cuernavaca, muy a la usanza de los españoles conquistadores, se erigió sobre antiguos asentamientos prehispánicos, pero lo interesante es la mezcla de culturas que se hacen presentes. Todo el edificio se divide en cuatro alas, el punto principal es el templo de la Asunción de María, declarado Patrimonio de la Humanidad desde 1994. A un costado está la Capilla Abierta o Capilla de Indios, es decir, el lugar en el que se oficiaba misa para los antiguos pobladores que todavía no tenían permiso de entrar al atrio principal. Y resguardada en una esquina se alza la Capilla de María, aquí, debido al alto número de visitantes extranjeros, las misas se ofician en inglés desde hace unos años. Así es como en un espacio se conjuntan tres etapas en la historia del país: cultura prehispánica, arquitectura colonial y la internacionalización de doctrinas.

A la vuelta de la catedral está el Museo Robert Brady, este hombre fue un diseñador y pintor que dedicó su vida a viajar y coleccionar objetos de todo el mundo. Cuando se cansó de darle vueltas al mundo se mudó a Cuernavaca y su casa es ahora un gran museo que alberga todo lo que recolectó. A mi paso por la habitaciones supe que el tiempo ahí adentro se había detenido, todo está tal cual lo dejó Brady y de los muros brota un dejo de nostalgia húmeda, su colección permanece intacta entre las filas de gente que por varias generaciones se han metido a lo más profundo de su morada.

La vida nocturna en el centro es discreta, a pocas calles del museo se encuentra el recién abierto Mercado Comonfort, un spot que ofrece varios puestos de comida y bebida ideales para tomar una cerveza y un mezcal, maridados con tacos al pastor o hamburguesas. Me senté en una mesa a un lado de la alberca vacía, después de un mezcal y algunas cervezas volví al hotel, eso sí, con el paladar exhausto y las bolsas repletas de artesanías.

Spas, bodas y otras curiosidades   

Es preciso iniciar el día con uno de los clásicos de Cuernavaca, Las Mañanitas se ha consolidado por años como un must del destino. Este hotel, restaurante y spa está envuelto en unos jardines inmensos y aves exóticas que hacen de la estancia un momento agradable y de desconexión.

El clima del destino incita a la tranquilidad, muchas de las personas que lo visitan acuden con la idea de darse un respiro, por esta razón no sorprende que esté plagado de spas y centros de relajación. Casi todos los hoteles cuentan con instalaciones y personal para satisfacer las necesidades de los viajeros que buscan un momento de paz. Otra opción es acudir de entrada por salida a los lugares de aguas termales, temazcales y albercas.

También es muy constante que la capital de Morelos se llene de eventos los fines de semana, me tocó ver circular por las calles a varias mujeres vestidas de blanco. Indudablemente, la cercanía a la Ciudad de México combinada con el sol que no deja de calentar, convierten a esta pequeña urbe en uno de los preferidos para las bodas.

Siempre que voy en la carretera de regreso a la ciudad soy presa de un momento reflexivo que me remonta a los sitios que conocí. Sigo sin creer que muchos de los viajeros pasan años sin dedicarle unas horas a los atractivos de Cuernavaca, y con este destino refuerzo la idea de creer que todos los lugares tienen algo para los curiosos. A mí me bastó con poner un pie en la Ciudad de la Eterna Primavera para darme cuenta que vale la pena alejarse del bullicio y escaparse al oasis del calor perpetuo.

Por Andrea Mendoza Galindo