El misterio de los Mascarones sin nariz en Yucatán

Por: Edgar M. Eslava.

El termómetro marca los 40 grados centígrados, época de Primavera, y aunque los lugareños señalan que “aún no es nada”, es necesaria la ropa fresca, un “sorbete” o un vaso de agua de chaya para refrescar la garganta. Don Jorge se acerca con su vagoneta para llevarnos de tour. Es el estado de Yucatán y cuando lo visitas por primera vez no sabes qué rumbo tomar.

Temporada de vacaciones, Don Jorge, dedicado desde hace más de cuatro décadas a ofrecer paseos turísticos desde la ciudad de Mérida, recomienda alejarse un poco de las aglomeraciones que en estos días registran sitios como Chichen Itzá, por su arqueología; Celestún, por sus flamingos, o la propia capital del estado con sus múltiples actividades culturales y artesanales.

Apenas comenzó el periodo vacacional y la llegada de turistas va en aumento. Don Jorge recorre tan sólo unos 30 kilómetros desde Mérida y llega hasta un anuncio que dice: Acanceh “quejido de venado”.

El pueblo es tranquilo, el sol pega a plomo en la plaza principal; la mayoría se resguarda en las sombras de los alrededores del centro. Unos pobladores toman un poco de agua, otros le dan al almuerzo. Algunos más simplemente observan.

En el pueblo de Acanceh la postal es interesante: Una Iglesia católica y un centro ceremonial maya son separados sólo por unos metros de distancia. Convergencia entre lo prehispánico y lo colonial.

Para los amantes de la aventura, la tranquilidad y las localidades pequeñas, este sitio es ideal, sobre todo en temporada de vacaciones. Todo se concentra en un espacio de no más de dos kilómetros cuadrados. El mercado, la plaza principal, la Iglesia y el sitio arqueológico.

Don Jorge intencionalmente quiso alejarnos de los grandes restaurantes, los hoteles, las tiendas. Nos traslada al pequeño mercado que está a un costado de la plaza principal. Unos panuchos y un vaso de agua de chaya son el toque especial para iniciar este recorrido, mientras a unos metros se muestran majestuosas dos pirámides que están desoladas. Pareciera que nadie las visita. Son las diez de la mañana, podría ser esa la causa.

De lo Prehispánico a lo Colonial

Un guía del INAH se acerca y con entusiasmo nos invita a pasar a donde se levantan “La Pirámide” y el “Palacio de los Estucos”. El panorama es majestuoso, el arqueólogo refiere que en Yucatán la parada obligada está en Chichen Itzá, pero hay otros vestigios como éste que tuvieron una gran importancia para la cultura maya.

Basta con subir unos 40 escalones para llegar a lo alto de La Pirámide de no más de 10 metros de altura y observar los ocho mascarones que adornan esta edificación. Los lugareños señalan que estos vestigios fueron desenterrados hace apenas unas décadas y la historia dice que probablemente los pueblos originarios los cubrieron previo a la Conquista, acto en el cual les destruyeron la nariz como una señal de respeto a sus dioses.

“Pudo haber sido una forma de manifestarles protección o respeto. Si el paso del tiempo y el clima hubieran derribado las narices de los mascarones, al rascar, se les hubiera encontrado en el lugar. La creencia es que las narices fueron enterradas en algún sitio cercano a este centro ceremonial y que ahí junto con ellas debe haber un gran altar”, explica el guía mientras nos invita caminar entre el pasillo que separan a La Pirámide y al Palacio de los Estucos. Esta zona arqueológica es tan poco visitada que incluso es gratuito el acceso. Los lugareños lo ven con gran orgullo, aunque reconocen que están acostumbrados a observarla como parte del panorama diario, por ello difícilmente la frecuentan. Ahí está, observando mientras los pobladores realizan sus actividades. A unos metros, la Iglesia del pueblo, que en su interior guarda toda una frescura que le da un contraste con la calidez que hay afuera. Puente entre la época prehispánica y la Colonia representado en esta postal.

Excelente forma de comenzar un recorrido por Yucatán alejado de las grandes concentraciones. Acanceh nos despide con un sol a plomo. Don Jorge toma carretera. A pesar de ser originario de la entidad, nos ofrece ir a Celestún para observar a los flamingos, pero uno de nuestros compañeros de viaje nos invita a dirigirnos a otro sitio donde “veremos más de diez flamingos”. Sisal nos espera.